Como enamorar a primera vista.

¿ A quién no le ha pasado? Vuelves en el metro al final del día, y a través de las puertas dobles aparece con esa sonrisa. “Ey, me ha mirado media décima de segundo, vamos a casarnos” El resto de tu trayecto lo pasarás intentando volver a establecer contacto visual con esa persona, y acabarás saliendo de la estación. Sólo.

“Como siempre”

Si claro, como siempre. Qué dramáticos somos, de verdad.

Si estás leyendo esta entrada, muy probablemente te has quedado soltero recientemente, y una vez que has asumido que tu ex ya no quiere estar contigo (de esto hablaremos otro día) ¿te sientes preparado para afrontar la soledad con valentía? Claro, ya sabes la respuesta. No, somos humanos, y todos buscamos un parche. Los últimos meses han sido un fracaso y no te has comido un colín porque o bien estabas demasiado ocupado llorando al fantasma de tu exnovia o bien porque estabas demasiado borracho.

Puede ser que hayas pensado que eres demasiado feo y que tú única belleza está en el interior. Déjame tranquilizarte, suele ser al revés. Por desgracia, tendemos a ser más guapos de lo que creemos, y peores personas de las que nos consideramos.

LLegados a este punto, has decidido que tú no estás hecho para ligar, sino para enamorar. Cuanta humildad. Y encima a primera vista.

Siento que no hayas encontrado aquí la ayuda que necesitabas, pero déjame decirte una cosa que creo que puede servirte. Aquello de lo que nos enamoramos, nos hace despertar cada mañana con una nueva ilusión. ¿No suena bien aprender a querernos a nosotros mismos, para querer mejor a los demás?

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Alto!…o mi madre dispara.

Los nostálgicos del cine de acción de los noventa habrán reconocido enseguida el título de esta entrada como el mismo de esa película protagonizada por Sylvester Stalone (que posteriormente declararía que era la peor película que había rodado) y Estele Getty.

La citada película viene a colación de las recientes manifestaciones de Santiago Abascal en las que pedía una ampliación del concepto de la legítima defensa, defendiendo al mismo tiempo el derecho de los españoles a portar armas de fuego. Eso si, introduciendo un pequeño matiz: dicho derecho sólo pertenece a los españoles de bien.

A quién considera Santiago Abascal españoles de bien y cómo tiene pensado identificarlos es una cuestión que podría ocuparnos otro par de entradas. Por ello vamos a centrarnos en la madre de Santi. No me cabe duda de que la considera una española de bien.

Santiago Abascal propone que si un malhechor allana la vivienda de su madre esta tenga la capacidad de repeler el ataque con un arma de fuego, pongamos por ejemplo, una Magnum. Mi mente se evade imaginando la escena, pues no puedo dejar de pensar en esa señora de 90 años sacando un revólver del tamaño de un paraguas de su bata de andar por casa, justo como en la película de Stalone.

La realidad es que de producirse esa escena en el mundo real, lo más probable es que la madre de Santi fallase el disparo, y el ladrón, con su nueva arma adquirida gracias a las mismas leyes que han permitido que la madre de Santi la tuviese, acertase.

En resumen, la madre de Santi, que se habría limitado a recibir un susto y poner una denuncia en comisaría, ahora se ha llevado un tiro, y está muerta.

Santiago Abascal debería de recordar que el mundo real no es una película, que nadie nace aprendido de cómo y cuándo utilizar un arma, ni mucho menos está educado en la responsabilidad que supone tener una. No deberíamos de olvidar esa vieja máxima, que por manida no deja de ser cierta. La violencia sólo engendra violencia.

Y en cualquier caso, este tipo de propuestas sólo nos hace entrar en una deriva regresiva en la que los conflictos terminarán solucionándose con un duelo al amanecer en la Gran Vía de Madrid. Así que Santiago, ya sabes: alto, o tu madre dispara.

En busca de la felizidane.

Saltándonos las presentaciones, la primera entrada de este blog quiero dedicarla a un concepto que durante la última semana ha vuelto a la primera plana de la actualidad deportiva. Para algunos de sobra conocido, para otros, una entelequia absurda. Hablamos, claro, de la felizidane.

Explicar este concepto implica remontarnos a su origen. Enero de 2016. Rafa Benítez, en ese momento entrenador del Real Madrid, es despedido sólo 3 meses después de su llegada al club blanco, tras una serie de derrotas que harían perder al equipo sus opciones de ganar la liga, incluida una dolorosa goleada ante el eterno rival, el Fútbol Club Barcelona.

A ello, se unía la eliminación en Copa del Rey por alineación indebida. El Madrid ganó la eliminatoria ante el Cádiz, pero Cheryschev, sancionado el año anterior en esa competición con el Villarreal, fue puesto en el once titular. La afición del Cádiz fue la primera en darse cuenta. “Cheryschev, no puede jugar”. El cambio del jugador antes de terminar la primera parte fue, como posteriormente declaró Benítez en rueda de prensa, un “acto de buena fe” y al mismo tiempo, uno de los mayores esperpentos en la historia del Madrid. Era imposible en ese momento no sentir empatía por el pobre Rafa. Quien no ha intentado justificar sus errores apelando a sus buenas intenciones.

Lo cierto es que sin entrar a valorar el trabajo de Benítez al frente del club, los resultados y la suerte habían dado la espalda al Madrid. El equipo y la afición se habían sumido en un estado anímico entre la desilusión y la tristeza. “Esto no hay quien lo levante” decía un aficionado a las puertas del Bernabeu.

El presidente, más cuestionado que nunca, jugó en ese momento su última bala. Un golpe de efecto, que más bien era un golpe a la desesperada. Por la mañana destituye a Benítez, y por la tarde, Zinedine Zidane, entrenador del filial, y leyenda del club blanco es presentado en el palco del Bernabeu. La temporada acabaría con el Madrid como subcampeón a un punto del Barcelona y con la Undécima Copa de Europa en las vitrinas del equipo blanco. Había llegado la felizidane.

La ilusión contagiaba a la afición, a la prensa, a los jugadores y a los altos estamentos del club. Ningún partido era difícil o imposible de ganar. Daba igual como jugase el equipo. Mandaba la flor. Esa que se tiene o no se tiene. En la que se cree o no se cree. Y el Madrid creía en ella. Así, llegaron dos Champions más. 4 en 5 años, 3 seguidas. Un hito irrepetible en la historia del fútbol.

Cuanto peor jugaba el equipo, mayores eran sus victorias. Y eso le hizo imparable. Sus rivales no entendían que clase de magia, azar, mística o poder sobrenatural envolvía a aquel equipo. “Es desesperante” llegaría a decir un jugador del Bayern de Munich.

Pero como en toda relación de amor, uno de los dos un buen día decide que se acabó. Entiende que aquello no da para más. La cara de Florentino Pérez a su lado aquel día reflejaba lo que sentía todo enamorado”¿Por qué?” “Es lo mejor para los dos” Literal. Zidane había dejado al Madrid como más duele que te dejen. Con un topicazo.

Tras su marcha, todos sabemos que ocurrió. Pero me pregunto que pensaría Zidane viendo al Madrid por la televisión. Supongo que lo mismo que cuando ves a tu ex y ha engordado diez kilos o se ha quedado sin pelo. Si la cosa acabó mal, tu primer pensamiento sería “de la que me he librado”. Si la cosa acabó bien, esa lástima compasiva que tanto duele. Una especie de “si es que no se os puede dejar solos”

Y así, con el aura de salvador alrededor de su inmaculada calva, Zizou vuelve al rescate. Y con él la felizidane. No se ha ganado nada todavía. No hay opciones de ganar nada. El equipo no ha jugado bien en su primer partido con el francés al frente. Pero ese estado mágico de éxtasis entre la plantilla y la afición ha vuelto. Porque la felizidane no es la felicidad por lo logrado. La felizidane es la alegría por lo que está por venir. La ilusión de que siempre se podrá alcanzar la cima. Porque la felizidane se resume en lo que con su eterna sonrisa decía un día en rueda de prensa: “No lo sé, pero yo creo que podemos ¿sabes?”